"De todos los privilegios de una mujer, el más grande es ser madre...."
Cada año llegan con el mes de mayo
los festejos para las madres en los diferentes países del mundo.
Un común denominador en las
diferentes culturas es mitificar la figura de la mujer como “…La madre, esa que
se olvida de sí misma y vive para sus hijos y su familia, incondicionalmente….”
Suena lindo! Sin duda alguna este
concepto encierra lo más bello de la
especie humana, un sentimiento que nos
llega al fondo del corazón y que se contrapone con una idea diferente sobre la
mujer.
Pero la realidad muestra que en
muchos casos esto es solo un mito, porque olvida o deja de lado, la esencia femenina como persona, como ser humano que integra en
la feminidad muchas otras características.
Una realidad (que comienza a cambiar) es que antes
y ahora, en la gran mayoría de las culturas, “SER MADRE ES SER MUJER…”
Este discurso ideológico que ha
sido la constante durante siglos, ha logrado posesionarse del inconsciente
colectivo tanto en hombres como en mujeres irremediablemente, definiendo las
prácticas cotidianas que la maternidad implica.
Según estas teorías, las mujeres
logran su plenitud y realización personal y social, “solamente” a través de la
maternidad, sembrando en las mujeres jóvenes un paradigma que muchas veces no
describe su propia y personal realidad.
La maternidad es algo muy hermoso
y quienes la hemos experimentado en un contexto positivo, habiendo elegido,
deseado con plena consciencia, sabemos que transforma nuestro ser, pero que desgraciadamente
no es siempre igual para todas las mujeres.
Existe también una realidad
biológica que obedeciendo a leyes naturales, en donde niños y madres estrechan su relación desde el momento
del parto; una unión especial que permitirá al bebé ser más fuerte emocional y físicamente. Esta
relación debe darse, pero a veces, no se da.
